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8 ene. 2010

La hora y el turno de la ecología mental




por LEONARDO BOFF - Enero 8 de 2010


El 2 de febrero de 2007, al oír en París los resultados del estudio sobre el calentamiento global dados a conocer por el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), el entonces presidente Jacques Chirac dijo: «Como nunca antes, tenemos que tomar la palabra revolución al pie de la letra. Si no lo hacemos, ponemos en peligro el futuro de la Tierra y de la Humanidad». Antes de él, otras voces, como la de Gorbachev y la de Claude Lévy Strauss -poco antes de que falleciera- advertían: «o cambiamos de valores civilizatorios o la Tierra podrá continuar sin nosotros».


Este es el punto ocultado en los foros mundiales, especialmente en el de Copenhague. Si se reconociera abiertamente, implicaría la autocondena del tipo de producción y de consumo con su cultura mundialmente vigente. No basta que el IPCC diga que, en gran parte, el calentamiento ahora irreversible está producido por los seres humanos. Ésta es una generalización que esconde a los verdaderos culpables: los hombres y mujeres que formularon, implantaron y globalizaron el modo de producción de bienes materiales y los estilos de consumo que implican depredación de la naturaleza, clamorosa falta de solidaridad de las generaciones actuales con las futuras.


De poco sirve gastar tiempo y palabras en encontrar soluciones técnicas y políticas para disminuir los niveles de gases de efecto invernadero si seguimos manteniendo este tipo de civilización. Es como si una voz dijese: «pare de fumar, si no va a morir» y otra voz dijese lo contrario: «siga fumando pues ayuda a la producción que ayuda a crear empleos que ayudan a garantizar los salarios que ayudan al consumo que ayuda a aumentar el PIB». Y así alegremente, como en los tiempos del viejo Noé, vamos al encuentro de un diluvio pre-anunciado.


No somos tan obtusos como para decir que no necesitamos la política y la técnica. Las necesitamos mucho, pero es ilusorio pensar que la solución está en ellas. Hay que incluirlas en otro paradigma de civilización que no reproduzca las perversidades actuales. Por eso, no basta una ecología ambiental, que ve el problema en el ambiente y en la Tierra. Tierra y ambiente no son el problema. Nosotros somos el problema, el verdadero Satán de la Tierra, cuando deberíamos ser su ángel de la guarda. Entonces es importante hacer, como decía Chirac, una revolución. ¿Pero cómo hacer una revolución sin revolucionarios?


Necesitan ser suscitados. ¡Y qué falta nos hace un Paulo Freire ecológico! Él decía sabiamente algo que se aplica a nuestro caso: «No es la educación la que va a cambiar el mundo. La educación va a cambiar a las personas que van a cambiar el mundo» Necesitamos estas personas revolucionarias, si no, preparémonos para lo peor, porque el sistema imperante está totalmente alienado, se ha vuelto estúpido, arrogante y ciego frente a sus propios defectos. Es la tiniebla y no la luz del túnel donde nos encontramos.


En este contexto invocamos una de las cuatro tendencias de la ecología (ambiental, social, mental, integral): la ecología mental. Trabaja con lo que pasa por nuestra mente y nuestro corazón. ¿Cuál es la visión del mundo que tenemos? ¿Qué valores orientan nuestra vida? ¿Cultivamos una dimensión espiritual? ¿Cómo debemos relacionarnos con los otros y con la naturaleza? ¿Qué hacemos para conservar la vitalidad y la integridad de nuestra Casa Común, la Madre Tierra?


Unas pocas líneas no dan para trazar el diseño principal de la ecología mental, cosa que hemos hecho en varias obras y vídeos. El primer paso es asumir el legado de los astronautas que vieron la Tierra desde fuera de ella y se dieron cuenta de que Tierra y Humanidad forman una entidad única e inseparable, que es parte de un todo cósmico. El segundo es saber que somos Tierra que siente, piensa y ama, por eso homo (hombre y mujer) viene de humus (tierra fecunda). El tercero, que nuestra misión en el conjunto de los seres es la de ser los guardianes y los responsables del destino feliz o trágico de esta Tierra, hecha nuestra Casa Común. El cuarto es que junto con el capital natural que garantiza nuestro bienestar material, debe venir el capital espiritual, que asegura aquellos valores sin los cuales no vivimos humanamente, como la buena voluntad, la cooperación, la compasión, la tolerancia, la justa medida, la contención del deseo, el cuidado esencial y el amor.


Éstos son algunos de los ejes que sustentan un nuevo ensayo civilizatorio, amigo de la vida, de la naturaleza y de la Tierra. O aprendemos estas cosas por convencimiento, o lo haremos por padecimiento. Éste es el camino que la historia nos enseña.



2 ene. 2010

OSHO: LA MENTE MEDITATIVA





Lo primero que hay que recordar acerca de la meditación es que no hay nada que se pueda hacer. En todo el mundo la gente tiene la idea de que meditación significa hacer algo. No es un hacer, no es un acto, es algo que ocurre. No es que tú vayas a ella; ella viene a ti y te penetra. En un sentido te destruye y en otro te vuelve a crear. Es algo tan vital y tan infinito que no puede ser una parte de tu hacer.

¿Entonces qué hay que hacer? Tú sólo puedes crear la situación en la que ocurre. Lo único que puedes hacer es ser vulnerable y estar abierto a la existencia por todas las partes.

Normalmente somos como prisiones: estamos cerrados dentro de nosotros mismos sin ninguna apertura. En cierto sentido estamos muertos. Se podría decir que nos hemos vuelto «a prueba de vida»: la vida no puede llegar hasta nosotros. Hemos creado barreras y obstáculos a la vida porque puede ser peligrosa, incontrolable; la vida es algo que no está en nuestras manos. Nos hemos creado una existencia cerrada para nosotros mismos en la que podemos sentirnos seguros, en la que podemos sentirnos cómodos. Esa existencia cerrada es práctica pero al mismo tiempo mortecina. Cuanto más nos cerramos, menos vivos estamos. Cuanto más nos abrimos, más vivos estamos.

La meditación es una apertura a todas las dimensiones, una apertura a todas las cosas. Pero estar abierto a todas las cosas es peligroso, estar abierto a todas las cosas incondicionalmente nos hace sentir inseguros. No puede ser cómodo porque puede ocurrir cualquier cosa. Una mente que anhela la seguridad, que anhela la comodidad, que anhela la certeza, no puede ser una mente meditativa. Sólo una mente que esté abierta a lo que sea que la vida ofrezca, que de la bienvenida a lo que sea que ocurra, aunque sea la muerte, puede crear una situación en la que ocurre la meditación.

Así que lo único que tú puedes hacer es ser receptivo a la meditación, ser totalmente receptivo; no a un suceso en particular sino a lo que sea que venga.

La meditación no es una determinada dimensión, es una existencia sin dimensiones, una existencia que está abierta a todas y cada una de las dimensiones sin ninguna condición, sin ningún anhelo, sin expectaciones. Si hay alguna expectación, la apertura no será total. Si hay alguna condición, algún anhelo, si hay algún «si», entonces la apertura no puede ser total.
Ninguna parte de ti debería permanecer cerrada. Si no estás completamente abierto, no podrás recibir ningún suceso vital, vigoroso, infinito. Ni él podrá ser tu invitado ni tú podrás ser su anfitrión.



La meditación es sencillamente la creación de una situación receptiva en la cual algo puede suceder y lo único que tú puedes hacer es esperar.

La mente que espera está esperando a lo desconocido, porque lo que va a ocurrir no se puede conocer de antemano; no puedes ni imaginártelo. Puede que hayas oído algo acerca de ello, pero no es un conocimiento tuyo; sigue siendo algo desconocido. La mente que espera lo desconocido es una mente meditativa.

Cuando esperas lo desconocido tus conocimientos se convierte en una barrera, porque cuanto más consciente eres de tus conocimientos más sólidamente te encarcelas a ti mismo. No tienes que mantener una postura de «saber», tienes que ser completamente ignorante; sólo así lo desconocido puede llegar hasta ti. En el momento en que tu ignorancia es consciente de sí misma, en el momento en que sabes que no sabes, es cuando empiezas a esperar lo desconocido.

Hay dos tipos de gente ignorante. El primer tipo lo forman aquellos que no son conscientes de su ignorancia; estos automáticamente piensan que ellos saben. Esta es una sabiduría ignorante. El otro tipo lo forman aquellos que son conscientes de su ignorancia. Esta es una ignorancia sabia. La sabiduría empieza en el momento en que te haces consciente de tu ignorancia.

Un erudito, una persona que cree que sabe, jamás podrás ser una persona religiosa. Una persona que cree que sabe, tiene que no ser religiosa, porque el ego de la sabiduría es algo de lo más sutil. Pero en cuanto conoces tu ignorancia desaparece el ego, no hay ningún espacio en el que el ego pueda existir. El mayor ataque para el ego es hacerse consciente de la ignorancia de uno mismo; el mayor refuerzo para el ego es dárselas de sabio.

Lo segundo que quisiera decir acerca de la meditación es que tu mente debe ser completamente consciente de su ignorancia. Y sólo puedes hacerte consciente de tu ignorancia cuando tus conocimientos acumulados, prestados, no se confundan con la sabiduría. No es sabiduría, es simplemente información y la información no es sabiduría aunque parezca lo contrario.

Una persona que sabe no es dogmática acerca de su sabiduría; duda. Pero la persona que cree que sabe es dogmática, asertiva; está absolutamente segura.
Tienes que date cuenta del hecho de que lo que tú no has conocido no puede ser tu sabiduría. La sabiduría no se puede ser prestada: esa es la diferencia entre una mente teológica y una mente religiosa. La teología es una de las cosas más irreligiosas del mundo y los teólogos son la gente más irreligiosa porque lo que ellos han reivindicado como sabiduría es algo prestado.

La sabiduría jamás podrá ser reivindicada, porque el fenómeno de que en cuanto uno sabe se pierde el yo es inherente a ella. En cuanto uno sabe, el ego ya no está ahí. La sabiduría llega cuando el ego no está, por eso el ego no puede reivindicar que la posee. El ego solamente puede recoger información; puede acumular muchos hechos, puede citar las escrituras.

Entrar en meditación es transcender tus conocimientos acumulados. El aprendizaje comienza en el momento en que se transcienden estos conocimientos. Y un aprendiz es algo muy diferente: él nunca afirma que sabe, él siempre es consciente de su ignorancia. Y cuanto más consciente de ello es, más receptivo a lo nuevo se vuelve.

En cuanto hayas aprendido algo, descártalo; de otra forma hay muchas posibilidades de que se convierta en parte de tus conocimientos, en parte de tu acumulación. Aunque tus conocimientos procedan de tus experiencias pasadas, también son prestados, porque tú ya no eres la misma persona. No hay ninguna diferencias en que tus conocimientos sean prestados de otra persona o prestados del pasado.

Mi yo de ayer está muy lejano; ya está muerto... no se encuentra en ningún lugar excepto en mi memoria. Para mí, ahora mi yo de ayer es tan «ajeno» como lo puedas ser tú. De hecho es más «ajeno», porque tú estás más cerca de mi en el tiempo. En este momento, si puedes estar en silencio, tú eres yo, parte de mi.

Si te estuviera hablando de algo que me llegó ayer, no sería yo quien estuviera hablando: sería una persona muerta, una memoria muerta. No estaría viviendo en este momento, ajustado a este momento. Algo que está muerto se estaría afirmando a través de mi. Y confiar en algo que está muerto... es imposible.

Si yo todavía estoy viviendo en la memoria del ayer, entonces no soy capaz de vivir el hoy. Si ayer he podido vivir el momento de ayer, entonces tengo que vivir hoy lo que está pasando en este mismo momento y lo que diga debe salir a través del yo de este momento. Si procede del pasado muerto, será prestado. Aunque venga de mi, de mi propio pasado, será un peso muerto, no será sabiduría.

La sabiduría siempre es espontánea, mientras que todas las reivindicaciones siempre pertenecen a los conocimientos del pasado, de la memoria. Cuando estás tomando prestado de la memoria no estás en un momento de sabiduría. No se debe tomar prestado de nadie, ni siquiera del propio pasado. Se debe vivir momento a momento y vivir de tal forma que todo lo que llegue debe hacerse parte de la sabiduría.

Si yo te miro a ti, mi mirada sólo puede ser sabiduría si mi memoria no se mete entre medias. Si te estoy mirando a través de mi memoria de nuestros pasados encuentros entonces en realidad no te estoy mirando a ti. Pero si te miro sin ninguna carga del pasado, la mirada se torna meditativa. Si te toco sin la carga de ninguna experiencia que mi mano haya conocido en el pasado, el toque se torna meditativo. Todo lo que es inocentemente espontáneo se vuelve meditativo.

El tercer punto que me gustaría acentuar es que una mente meditativa vive momento a momento. No acumula, vive cada momento tal como viene. Nunca va más allá del aquí y ahora, siempre está en el ahora, receptiva a cada momento tal como venga.

El pasado es parte de la memoria y el futuro es parte de los deseos. Ambos son mentales; no tienen existencia en sí mismos, son creaciones humanas. Si el hombre no existiera, en la Tierra no habría ni pasado ni futuro. Tan sólo existiría el presente, el ahora, sólo ahora; sin ningún tránsito de tiempo, sin ir ni venir. La mente meditativa vive en el ahora; esa es su única existencia.


Ofrecemos gratuitamente un texto complementario de Osho sobre la Meditación. Basta solicitarlo por mail a la dirección que aparece en el encabezamiento de este blog.





RIQUEZAS DE NUESTRA PSIQUE


Carl Gustav Jung (1875 - 1961)


"Occidente está tomando conciencia de los rasgos particulares de la espiritualidad oriental. Es inútil quitar importancia a estas peculiaridades o construir falsos y traicioneros puentes sobre los anchos abismos. En lugar de aprender de memoria las técnicas espirituales de Oriente, e imitarlas con una actitud forzada, sería mucho mejor encarar este asunto procurando descubrir si existe en el inconsciente una tendencia vertida hacia dentro, similar a la que se ha convertido en principio espiritual conductor de Oriente. Entonces estaríamos en condiciones de construir sobre nuestro propio terreno con nuestros propios métodos. Si arrebatamos estas cosas directamente a Oriente, no haremos sino acceder a nuestra tendencia adquisitiva occidental, confirmando una vez más que "todo lo bueno está en el exterior" cuando en realidad tendríamos que buscarlas y extraerlas de nuestra áridas almas. Considero que habremos aprendido en realidad algo de Oriente cuando tomemos conciencia de que la psique contiene riquezas suficientes, sin tener que tomarlas del exterior, y cuando nos sintamos capaces de desarrollar nuestra identidad completa, con o sin la gracia divina. Pero no podemos embarcarnos en esta ambiciosa empresa, hasta no haber aprendido cómo manejar nuestro orgullo espiritual y nuestra blasfema petulancia.... Debemos acercarnos a los valores orientales desde dentro y no desde fuera, buscándolos en nosotros mismos, en nuestro inconsciente. Descubriremos entonces cuánto miedo le tenemos al inconsciente, y qué formidables son nuestras resistencias. Debido a estas resistencias negamos lo que para Oriente parece tan obvio, es decir, el poder autoliberador de la mente vertida hacia dentro"


Fuente: C.G. Jung(1958), en "Comentario Psicológico" a "El libro tibetano de la Gran liberación", Ed. Kier, Buenos Aires, 1998. pág. 24


EL TÍBET Y OCCIDENTE




La fascinación que la cultura tibetana produce en occidente y el poder de atracción que ejerce sobre algunos de nosotros merecen una consideración que vaya un poco más allá de la evidente habilidad con la que ha sabido integrarse en la dinámica de nuestra civilización y utilizar sus recursos para expandirse. No es sólo mercadotecnia. Quizá basta con preguntarse cómo es posible que una cultura milenaria y remota, aislada hasta hace bien poco, haya podido conectar con tanto éxito con el movimiento del alma de nuestra época, nuestros estilos cognitivos y el aprovechamiento práctico de nuestras estructuras sociales. ¿Qué había en ellos que les ha permitido tan fácilmente estar con nosotros? "Ellos" y "nosotros" sólo son términos que no tienen mucho sentido, pero resultan útiles de algún modo para entendernos ahora. En la introducción de Robert Thurman a "El gran libro de la liberación natural mediante la comprensión en el estado intermedio" (Bardo Thodol), atribuido a Padmasambhava, en Kairós, Barcelona 2005, se nos ofrece una consideración a mi parecer valiosa sobre algunos rasgos específicos de la cultura tibetana que permiten, desde su diferencia, interactuar eficazmente con las tendencias de la civilización occidental. Siendo una extrovertida y materialista, y la otra dada a la introspección y la exploración del espíritu, comparten lo que les permite establecer vínculos fértiles: ambas son culturas en las que se aprecia "la individualidad, la apertura y flexibilidad de la identidad, el pensamiento y la búsqueda de explicaciones racionales". Veamos cómo lo dice Thurman:


"En la cultura occidental, las últimas fronteras de nuestra conquista material del universo están en el espacio exterior. Nuestros astronautas son nuestros héroes y heroínas extremos. Sin embargo, los tibetanos están más preocupados por la conquista espiritual del universo interior, cuyas fronteras están en los reinos de la muerte, el estado intermedio y los éxtasis contemplativos. Así pues, los lamas tibetanos que conscientemente podían atravesar el proceso de disolución, cuyas mentes podían desapegarse del cuerpo físico y utilizar el cuerpo mágico para viajar a otros universos, esos "psiconautas", son los héroes y heroínas extremos de los tibetanos. Los Dalai Lamas y los miles de lamas "reencarnados" (también llamados "Tulku", que significa "Emanación de Buda") son esos héroes y heroínas. Se cree que han dominado los procesos de muerte, estado intermedio y renacimiento, y que continuamente eligen, vida tras vida, regresar al Tíbet llenos de compasión para conducir a los tibetanos en su vida nacional espiritual y para beneficio de todos los seres sintientes.

Así pues, la moderna civilización tibetana era única en el planeta. Sólo una civilización así podía haber producido las artes y ciencias del morir. Describo el único y complejo carácter psicológico que corresponde a la moderna sociedad tibetana como "modernidad interior", que debe ser entendida en contraste con el moderno complejo carácter psicológico, que puede ser descrito como "modernidad exterior". El complejo carácter occcidental aparece normalmente contrapuesto con el premoderno carácter "tradicional". A menudo es descrito como un complejo o conjunto de rasgos como el individualismo, la apertura y flexibilidad de la identidad, un pensamiento sin pausa y adherencia a la racionalidad. Este moderno carácter occidental está relacionado con una percepción peculiar de todas las cosas -incluidos los objetos psíquicos o mentales -como reducibles en última instancia a entidades materiales cuantificables. Eso es lo que le otorga su "exteriorización". El moderno carácter tibetano comparte los rasgos modernos de individualidad, apertura y flexibilidad de la identidad, pensamiento y racionalidad. Pero el carácter tibetano está estrechamente vinculado con su peculiar percepción, derivada de la civilización budista, de que todas las cosas se hallan infusas de valor espiritual e interconectadas con estados mentales. En contraste con las ideas occidentales, la visión tibetana es que lo mental o espiritual no siempre puede ser reducido a algo meramente material y manipulado como tal; lo espiritual en sí mismo es una energía activa, sutil, pero más poderosa que lo material. La visión tibetana es que la "potente fuerza" de la naturaleza es espiritual, no material. Eso es lo que otorga su "interioridad"al carácter tibetano. De manera que, aunque las personalidades tibetana y occidental comparten el complejo de modernidad de conciencia, resultan diametralmente opuestas en su visión, una enfocada hacia el exterior, y la otra hacia el interior, sobre la mente."

Lectura complementaria: CREDO TIBETANO DEL MORIR Y EL RENACER, versión de Miguel Grinberg (ed. Longseller/Deva's).


Tilopa: El Canto del Mahamudra



Mahamudra trasciende las palabras y símbolos,
pero para ti, Naropa, he decir esto:

"El vacío no necesita apoyo;
Mahamudra descansa en la nada.
Sin hacer ningún esfuerzo;
permaneciendo relajado y natural
puede uno romper el yugo
y obtener de esta manera la Liberación.


Si ves el vacío cuando contemplas el espacio;
si con la mente observas la mente,
destruyes las distinciones
y alcanzas el estado de Buda.


Las nubes que vagan por el cielo no tienen raíces,
ni hogar,
ni tampoco los diversos pensamientos que flotan en la mente.
Una vez contemplas la propia mente,
cesa la discriminación.


En el espacio se forman figuras y colores,
pero ni el negro ni el blanco tiñen el espacio.
Todo emerge de la propia mente;
la mente no es manchada ni por virtudes ni por vicios.


La oscuridad de siglos no puede ocultar el brillante sol,
ni tampoco los largos kalpas del samsara
pueden ocultar la esplendorosa luz de la mente.
Aunque se utilizan palabras para explicar el Vacío,
el Vacío como tal no puede ser nunca expresado.


Aunque decimos: `La mente es tan brillante como la luz´,
ésta trasciende palabras y símbolos.
Aunque la mente es en esencia vacío,
contiene y abarca todas las cosas.


No hagas nada con el cuerpo; sólo relájalo..
Cierra la boca firmemente y guarda silencio.
Vacía tu mente y céntrate en el vacío.
Como un bambú hueco relaja tu cuerpo.
Sin dar ni tomar, pon tu mente a descansar.
Mahamudra es como una mente que a nada se apega.
Practicando así, a su tiempo alcanzarás el estado de Buda.


Ni la práctica de mantras ni el paramita,
ni la instrucción en sutras y preceptos,
ni las enseñanzas de escuelas y escrituras,
proporcionan la realización de la Verdad innata.
Si la mente llena de deseo busca una meta,
solamente logra ocultar la Luz.


Aquél que observa los preceptos tántricos
y sin embargo hace discriminaciones,
traiciona el espíritu del samaya.
Cesa toda actividad,


abandona todo deseo,
deja que los pensamientos surjan y desaparezcan
como las olas del océano.
Aquél que nunca contradice el no-morar-en-nada,
ni el principio de la no-distinción,
cumple los preceptos tántricos.
Aquél que abandona sus deseos
y no se aferra ni a esto ni a aquello,
percibe el verdadero significado que expresan las escrituras.


En Mahamudra todos los pecados son incinerados;
en Mahamudra uno es liberado en la prisión del mundo.
Ésta es la suprema antorcha del Dharma.
Los que no creen en ella, son tontos que para siempre se revuelcan en el sufrimiento y la miseria.


Para luchar por la liberación
uno debe depender de un Gurú.
Cuando tu mente reciba sus bendiciones,
la emancipación estará a tu alcance.


De este modo, todas las cosas de este mundo
resultan insignificantes;
no son más que semillas de dolor.
Las pequeñas enseñanzas te llevan a actuar;
uno debe seguir sólo las grandes enseñanzas.


Trascender la dualidad es la visión del rey.
Conquistar las distracciones es la práctica de los reyes.
El camino de la no-práctica es el camino de todos los Budas.
Aquél que recorre ese camino alcanza el estado del Buda.


Este mundo es transitorio,
como los fantasmas y los sueños, sin substancia alguna.
Renuncia a él y abandona a tus parientes,
corta los cordones de la lujuria y del odio
y medita en los bosques y montañas.


Si dejas de luchar y permaneces relajado y natural,
pronto obtendrás el Mahamudra
y alcanzarás lo inalcanzable.


Corta la raíz de un árbol y sus hojas se secarán;
corta la raíz de tu mente y el samsara se desvanecerá.
La luz de una lámpara dispersa instantáneamente
la oscuridad de largos kalpas;
la intensa luz de la Mente quemará, como un rayo,
el velo de la ignorancia.


Quien se aferra a la mente
no ve la verdad de lo que está más allá de la mente.
Quien se esfuerza en practicar el dharma
no encuentra la verdad que está más allá de la práctica.
Para conocer lo que está más allá de ambas, mente y práctica,
uno debe cortar de raíz la mente
y observarlo todo en total desnudez.
De esta forma, uno deja de lado toda distinción
y permanece tranquilo.


Uno no debe dar ni tomar, sino permanecer natural,
porque Mahamudra está más allá
de toda aceptación o rechazo.
Puesto que alaya es no-nacido,
nadie puede obstruirlo, ni mancillarlo.
Al permanecer en el reino de lo no-nacido
toda apariencia se disolverá en el Dharmata,
y la voluntad y el orgullo se desvanecerán en la nada.


La comprensión suprema
trasciende "esto" y "eso".
La acción suprema maneja todas las situaciones, sin apego.
La realización suprema
es tomar consciencia de lo inmanente, sin esperanza.


Al principio, el yogui siente que su mente
se precipita como una cascada;
a mitad de su curso fluye lenta y plácida,
como el Ganges;
al final es como un grandioso y vasto océano
donde las luces del hijo y de la madre se funden en una sola.