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27 jun. 2007

EVOLUCIONAR ES IMPRESCINDIBLE


ECOLOGIA ESPIRITUAL
Designios noosféricos
Miguel Grinberg


En su acepción más básica, la noosfera es considerada como el conjunto formado por los seres inteligentes con el medio en que viven. Los abordajes más sofisticados la definen como un campo inmaterial donde la comunicación y la interacción humana podrían eventualmente evolucionar hasta un punto donde el pensamiento consciente se globalizaría y sería masivamente compartido. Algunas enciclopedias la definen como la esfera más sutil de la consciencia humana y la actividad mental, especialmente en su influencia sobre la biosfera, y siempre en el contexto de la evolución universal.

Todo ello abarca la evolución del pensamiento, la sociedad, el conocimiento y las capacidades de la vida en una textura para la cual algunos usan como referencia incluyente “lo espiritual”, en tanto otros prefieren una denominación más técnica: “metaconsciencia”. En todo caso, la noosfera resume la totalidad de nuestro conocimiento y sabiduría colectiva, y viene desplegándose con mucha más celeridad que nuestros potenciales biológicos. Durante los últimos mil años nuestra biología apenas si ha evolucionado. En cambio, durante los cien años más recientes la tecnología, la cultura, la cibernética y los dones noéticos han acelerado de modo descomunal la comprensión de nuestro papel como especie en el universo, tanto individual como colectivamente.

No faltan quienes afirman que la noosfera es en verdad mucho más: una región de la consciencia colectiva y del pensamiento super-humano, las ideas, la creatividad y la comunicación que amalgaman expansivamente a los seres humanos. Y hasta sostienen que los avances de la Internet y las tecnologías de la inteligencia artificial poseen la llave para impulsar a la noosfera hacia horizontes inimaginables.

La percepción determinante de la noosfera surgió hace casi un siglo atrás, cuando la asumieron varios inspirados pensadores. En este caso, suele hacerse referencia a una confluencia que tuvo lugar en París (1926) entre el paleontólogo jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin, el científico ruso Vladimir Vernadsky, y el filósofo parisino Jules Le Roi, que estudiaba bajo la guía del filósofo Henri Bergson, articulador del concepto élan (impulso) vital. Ese mismo año, el místico hindú Sri Aurobindo (luego fundador de Auroville, una “ciudad del futuro”) tuvo las visiones que lo indujeron a fundamentar una filosofía de la consciencia supramental. Y ese mismo año, el filósofo sudafricano Jan Christian Smuts publicaba una obra profética titulada Holismo y Evolución, pilar fundacional del pensamiento holístico contemporáneo.

Como gobernador de Ciudad del Cabo, Smuts se convirtió en carcelero de un joven hindú revolucionario, Mohandas K. Gandhi (el futuro Mahatma). Ambos eran vehementes lectores y admiradores del poeta visionario Walt Whitman. Y frecuentemente el prisionero era llevado al despacho de su captor para que ambos debatieran trechos de la obra del profeta estadounidense. En particular fragmentos de su Canto del Camino Abierto: “Todo cede paso al progreso de las almas. Todo progreso es el necesario emblema y sostén del progreso de las almas de los hombres y las mujeres por las grandes rutas del Universo.”

En otra latitud, distante pero psíquicamente contigua, dos años después, en Francia, el laureado escritor Romain Rolland y el espiritualista húngaro Edmond Bordeaux Székely fundaban un movimiento visionario en base al pensamiento de los antiguos esenios palestinos: la Sociedad Biogénica Internacional. Su credo expresaba: “Creemos que la posesión más preciosa es la vida. Creemos que hay que preservar la vida vegetal de nuestro planeta: la hierba que llegó hace cincuenta millones de años, los árboles majestuosos que llegaron hace veinte millones de años, preparando nuestro planeta para el hombre. Creemos que para mejorar la vida del hombre en nuestro planeta, debemos empezar con esfuerzos individuales, ya que todo depende de los átomos que lo componen.”

Hay una noosfera emergente donde los humanos somos convocados a desplegar la totalidad de nuestros potenciales naturales a fin de confluir con la naturaleza terrestre y la infinita circunstancia cósmica. Aplicada a nuestra realidad espiritual, la consigna “darse a luz” equivale a nacer de nuevo en el contexto de una visión compartida que fusione nuestras almas con los procesos vitales de la Tierra y las potentes vibraciones del plasma universal. Esto no tiene que ver con las ideologías y las patologías imperiales que laceran la vida de millones de personas.

El teólogo Matthew Fox, autor de un libro crucial titulado La llegada del Cristo Cósmico, nos dice que cuando decimos creatividad estamos considerando el más elemental y el más íntimamente profundo aspecto espiritual de nuestro ser. Lo que todavía no ha brotado en cada uno de nosotros es una semilla suprema. He allí el designio magno de la Creación. Aquí y ahora. Lo descubre espontáneamente todo artista inspirado, la madre que amamanta, el niño que juega, el meditador desapegado, el sembrador de paz. Pitágoras decía: “porque de una divina raza están hechos los seres humanos, y hay también la sagrada naturaleza que les muestra y les descubre todas las cosas.”